Día 1, mes 5, año 0

Dios, he estado tan centrada en los correos y en La Cripta que apenas he pensado en nada más estos días, ni siquiera hablé con Paco. Ya no hace falta, claro, ahora todo ha explotado. Necesito distanciarme un tiempo de La Cripta, del trabajo y de la casa. Hasta hace cinco minutos, incluso de Paco. He estado a punto de echarlo de casa.

Le acabo de mandar un correo a mi jefe pidiendo vacaciones, los cinco días enteros. Me quedaré sin nada, pero mi cabeza lo necesita, no quiero perder la cordura.

Ayer llegué de madrugada del local y Paco me estaba esperando despierto.

—Si vas a llegar tan tarde, podrías avisarme, estaba preocupado.

—Es verdad, perdona, Paco. Trataré de avisarte.

Pensé que todo quedaría ahí, pero esta mañana seguía de morros. He intentado hablar con él, pedirle disculpas por preocuparle, pero solo recibía monosílabos por su parte. Al final, la cosa se ha salido de madre.

—¿Se puede saber qué te pasa? ¿Puedes hablar claro?

—Me preocupas. No es la primera vez que llegas tarde y no sé lo que haces por las noches.

—…

—No me malinterpretes, me da igual lo que hagas, pero pensé que, viviendo juntos, sería más fácil luchar contra lo nuestro.

—¿Luchar contra lo nuestro?

—Bueno, ya sabes, lo tuyo con…, y lo mío con…, con… No me hagas decirlo, por favor.

—¿Luchar? ¿Por qué deberíamos luchar contra nada?

—No está bien, <Mi nombre aquí>. Va contra natura, en contra de la moral.

—Y una mierda, Paco…, y UNA MI-ER-DA. No puedes decirme que lo único que me ha hecho feliz va contra natura. Precisamente tú que te…

—Cálmate. Yo intento superarlo, no está bien visto. Sabes lo que te pasaría…, lo viviste.

—Eso es por culpa de este PAÍS de MI-ER-DA, de gente como tú. NI ESTÁ MAL NI ESTÁS MAL. Sé que todavía te vistes de mujer, aunque te dé vergüenza hacerlo delante de mí, ¡aunque te dé vergüenza aceptar quién eres!

Era la primera vez que discutíamos y el tema me ha hecho plantearme si deberíamos seguir compartiendo piso. Después de perder a Clara, pensé que estaría bien vivir juntos porque ninguno de los dos tendría que fingir ser alguien que no es. Lo último que esperaba es que repudiase su identidad, que piense que debe luchar contra ello.

La pelea se ha puesto fea y, por no tomar una decisión en caliente, me he ido dando un portazo. Las ocho horas de trabajo he estado recreando la discusión con Paco. En ninguna de las versiones he conseguido darle la razón. Yo soy quien soy, y Clara definió gran parte de la persona en que me he convertido. Todo eso no puede estar mal.

Cuando volvía para casa, mi obsesión por los proyectos que estoy haciendo me ha dado el último bofetón: Alberto.

—Hola, ¿cómo te va?

—¿Qué quieres?

—Tranquila, solo venía porque, desde que quedasteis, Bela habla mucho de ti.

—…

—Podríais volver a quedar.

—Sí, claro. Ya la llamaré. Adiós.

—Adiós. Y oye, si alguna de estas noches que llegas a las tantas a casa no sabes qué hacer, llámame, ¿sí?

—¿Cómo coño…?

—Solo me preocupo por ti. Siempre te tuve mucho cariño.

No tengo ni idea de cómo se ha enterado de que llegué a casa de madrugada, pero se parecía tanto a la discusión con Paco que he vuelto decidida a echarlo. Por suerte, ha salvado un poco el día y no he sido capaz. Me esperaba sentado en el sofá, con un vestido precioso, una peluca negra y los labios pintados.

—Tienes razón. ¿Me ayudarás a aceptarme como soy?