Día 1, mes 6, año 0

Acabamos en una puñetera hamburguesería. Paco ha intentado convencerme de que no pasaba nada, que a él le daba igual… Ni me lo creo ni estoy de acuerdo. Sí que pasa, tenemos derecho a celebrar nuestro compromiso en un buen sitio. Él se merecía algo mejor, las presiones en el trabajo ya lo están llevando bastante al límite como para acabar cenando en una hamburguesería.

—Disculpen, señores, no podemos dejarles pasar, algunos clientes podrían sentirse incómodos.

—¿Incómodos? No sé a qué se refiere.

—Verá, este es un restaurante para matrimonios y familias, y ustedes…

Ha terminado echándonos un guarda de seguridad porque le he gritado al metre y hemos decidido ir a cenar a un sitio sin riesgo. Me he pasado toda la noche dándole vueltas a lo que ha pasado. ¿Por qué tiene que meterse nadie en nuestra vida privada? He ido construyendo un discurso para mí misma y me he prometido que cambiaría las cosas.

Podíamos decir que no teníamos nada que ocultar; podíamos decir que la reputación y la moral no iban con nosotros; podíamos decir que éramos buenos ciudadanos, temerosos de Dios; podíamos decir que daba igual que Social.you se convirtiese en la única defensora de nuestros datos; pero, tras cada una de esas justificaciones, se escondía una pequeña derrota. No teníamos nada que ocultar hasta que amar a alguien estuvo mal. Ni teníamos nada que ocultar hasta que convivir con alguien significaba no entrar a un restaurante. Tampoco cuando empezaron a poder llevarse a la gente por la calle o cuando una denuncia de cualquiera podía encerrarnos en un centro de reeducación sin siquiera juicio.

Ahora sí tenemos cosas que ocultar, pero ya es tarde. Ya no podemos ocultarnos de Social.you, de nuestro jefe, de nuestros amigos, de los desconocidos o del Gobierno. Ya no podemos ocultar nada de nuestra vida, ni siquiera lo que otros se inventan. ¿Nadie pensó en lo rápido que se extiende un rumor en un mundo conectado? ¿Nadie pensó que, en el orgullo de mantener alta la reputación, podía aparecer la manipulación?

No, no lo pensamos. Hemos cerrado los ojos al mundo, yo la primera, y ahora hemos sufrido tantas pequeñas derrotas que ya no queda ninguna oportunidad.

Eso es lo que siento y lo que quiero cambiar. Quiero poder amar a quien quiera, vivir con quien quiera e ir a comer donde quiera. Quiero que mi vida privada sea mía y no del metre de un restaurante o del revisor del tren. Quiero que desaparezcan el código moral y el sistema de reputación. Quiero que la gente despierte y vea el mundo como es de verdad.

Todavía no sé cómo voy a conseguirlo, pero voy a tratar de volver a luchar cada batalla perdida.