Día 10, mes 7, año 0

Estamos a miércoles y solo quiero que llegue el fin de semana. Me hubiese gustado poder escribir ayer, pero llegué molida a casa y, entre que fregaba los platos y preparaba la comida, se me hizo tardísimo. Paco me echó una mano, pero teníamos que lidiar con la sanción que se ganó el lunes por la noche, así que apenas nos dio tiempo.

Ahora que conozco su historia, no puedo evitar mirarlo con otros ojos. Al mismo tiempo, me cuesta más entender su conformismo.

Cuando llegó a casa, estaba bastante mosqueada con él por no haberme avisado, pero, poco a poco, mi enfado se fue convirtiendo en asombro y luego en compasión.

—No sabía que pasaría…

—Vamos, Paco, no me jodas, te lo imaginabas.

—Bueno, lo imaginaba, pero, si no hubiese pasado, nunca habrías creído lo que te tengo que contar.

Y tenía razón, me habría costado creerle. Me cuesta incluso después de haber conocido a su padre, y digo a su padre, en singular, porque la mujer no es la madre. Su madre sufre una enfermedad degenerativa que la tiene postrada en cama. Llevan mucho tiempo esperando que cada año sea el último.

—Hace mucho que no voy a ver a mi madre. No es que no quiera…, es que mi padre… Es que no quiero…

Su padre no ha querido esperar a que su madre muera, ni siquiera quiso esperar hace años a saber si tendría cura. Tiene dinero para pagar el tratamiento que le haga falta sin tener que preocuparse directamente. Delegando los cuidados a otros, él puede disfrutar de la vida y de otras mujeres. Por lo que Paco me ha contado, han sido bastantes.

La madre arrastra la enfermedad desde que íbamos al instituto. No debió ser fácil para ninguno. Las constantes visitas al hospital, las noches de dolor y las bajas hicieron que su reputación bajase muchísimo, y con ella la de Paco, que en aquel entonces era menor de edad y dependía de su madre. Podría haber ligado la reputación a su otro progenitor, pero su padre no quiso hacerlo. A Paco le gustaba ponerse los vestidos de su madre y de su hermana. Un día, su padre lo pilló en la habitación de esta última. Le propinó una buena paliza y renegó de él.

—«Mira, Paco, no quiero a un desviado en la familia. O te haces un hombre y sales de esta solo, o por mí te puedes convertir en un Paria». Esas fueron sus palabras.

—Pero tu padre…

—Es militar antes que mi padre. No habría permitido que lo deshonrase.

Me cuesta entender que un padre pueda decirle algo semejante a su hijo. Perdí a los míos siendo demasiado pequeña, pero siempre he pensado en ellos como en un apoyo incondicional.

Paco se las apañó para salir adelante y, cuando pudo decidir, orientó su carrera a tratar de mejorar la vida de su madre. Le hubiese gustado ser médico, pero no era bueno para estudiar ni soportaba ver la sangre. Cuando descartó medicina, intentó cambiar la vida de las personas dependientes a través del sistema de reputación y las tarjetas de ciudadano.

—No creas que no lo conseguí. Mi propuesta fue muy bien acogida, pero…

—¿Entonces? ¿Cómo puedes decirme que no es posible cambiar las cosas?

—No, <Mi nombre aquí>. Si vieses en qué se ha convertido lo que hice, no dirías eso.

—¿En qué se ha convertido? No puede ser tan malo si ayudó a tu…

No llegué a terminar la frase. Eran las cinco y pico de la mañana y, aun así, se fue dejándome con la palabra en la boca. No sé a qué hora volvió, aunque tengo que decir a su favor que me trajo el desayuno y me pidió perdón por marcharse de esa manera.

Su salida nocturna le costó una sanción porque últimamente está rindiendo poco en el trabajo: corte de luz más toque de queda.

Me alegro de conocer por fin de dónde viene Paco, aunque me entristece que su historia sea tan dura. No me extraña que no quisiese hablar de su familia. Me intriga lo que pudo hacer para mejorar la vida de su madre. ¿Qué puede hacer un informático para mejorar la vida de un enfermo?