Día 16, mes 3, año 0

Ahora entiendo que Paco quiera vivir conmigo. Eso no significa que yo quiera vivir con él. Le culpo por no haber intervenido. Si puedo perdonárselo, es solo porque él es la prueba de que mi cerebro no me oculta nada más de aquel día con Alberto.

Habíamos quedado en un café bastante concurrido, escogido, me figuro, para que no le montase una escena. Ha hecho bien, porque mi primera reacción ha sido pegarle.

Paco estuvo en aquel baño el día que Alberto me dio la paliza. Lo entrevió todo desde uno de los cubículos, eso es lo que sabía. Desde luego, no ha escogido bien su estrategia de comunicación, porque todo parecía indicar que me quería hacer chantaje cuando lo que pretendía era suplicar, suplicar vivir conmigo porque sabe que no lo juzgaré.

—No pude hacer nada

—…

—No podía… Si hubiese salido, mi vida se habría convertido en un infierno.

¿Infierno? Infierno es lo que yo pasé. No solo por el dolor, sino por la angustia de no saber a ciencia cierta lo que había pasado, porque perdí a Bela, porque los demás compañeros me despreciaron más si cabe desde aquel día y porque encima tuve que sufrir las humillaciones de la gobernanta por no cumplir sus expectativas. ¿Qué coño va a saber él lo que es el infierno?

Reconozco que su justificación, contada entre insinuaciones, susurros y balbuceos, me ha cogido un poco a pie cambiado. Paco llevaba puesto aquel día un vestido de su hermana y por eso no intervino, porque tenía miedo de recibir el mismo castigo que yo.

Nunca ha salido con nadie porque le da miedo que un día se descubra su afición a vestirse de mujer, y entiende que no seremos pareja, pero dice que nos podemos hacer compañía, que no habrá problemas entre nosotros. No le he contestado todavía, necesito tiempo para procesar todo lo que me ha contado. Ojalá alguien pudiese decirme qué debo sentir.

Antes de irnos, he sacado fuerzas para hacer la pregunta.

—Paco, ¿hizo Alberto algo conmigo después de la paliza?

—¿No lo recuerdas?

—…

—No, no tuvo tiempo. Se oyó un ruido fuera y salió. Me asomé a mirar y seguías…, bueno, vestida. Seguro que no tuvo tiempo…

—¿Estás seguro?

—Estoy seguro. No pasó ni un minuto desde que te oí caer al suelo hasta que lo oí irse del baño.

Esa es la mejor parte de que se quedase escondido como un cobarde, la respuesta que necesitaba oír. Gracias a Dios. Desde que empecé a recordar nuevas cosas, temía que mi mente hubiese suprimido algún recuerdo demasiado doloroso.