Día 17, mes 6, año 0

Estoy hecha un lío.

Alberto es un cerdo mentiroso. He descubierto lo que le pasa a Bela conmigo, y no son más que un montón de patrañas inventadas por el desgraciado de su marido. Lo siento muchísimo por Bela, no sé cómo es capaz de aguantarlo. Habíamos quedado para tomar algo, no sé ni cómo hemos empezado a hablar del tema.

—Sé que te acuestas con mi marido. Ahora ya me da igual, te he perdonado, pero en el instituto no era tan fuerte. Que jugases con los dos de esa manera me dolió mucho.

—Espera, espera… Yo no me acuesto con Alberto. Vamos, ¡ni loca! Y mucho menos en el instituto. Sabes que yo…

Sabes que yo, ¿qué? ¿Cómo podía decírselo? Estábamos en un café, habría sido como comprar un billete directo a un centro de reeducación. Me hubiese gustado contarle que nunca me ha gustado un hombre, que me gustan las mujeres. Le hubiese contado que solo he besado a dos mujeres en mi vida y que una era ella. Incluso estaba dispuesta a contarle lo que pasó realmente si no hubiésemos estado en un lugar público. Le hubiese dicho que en el instituto solo me gustaba ella, pero ¿qué habría pasado si me oía alguien? Terminaría como Clara, y no quiero que me detengan. Tampoco se lo hubiese creído ahora que me voy a casar con Paco. Así que me he tragado todo lo que le iba a decir y he seguido escuchando.

—Alberto me lo contó todo. Que trataron de robarte y que te dieron una paliza. Él fue quien te encontró en la calle y te llevó al hospital. Sé que estuvo visitándote en el centro mientras te recuperabas. Yo quería ir a verte, pero me dijo que no querías que fuera, que te daba vergüenza que te viese en ese estado.

—Alberto nunca me salvó de nada… Alberto fue quien…

—Solo le permitías ir a él porque estabais enrollados. Fue entonces cuando le conté lo nuestro. ¿Por qué piensas que te dejó? Jugaste con los dos.

Me sentía tan ultrajada que no he sido capaz de responderle. Ahora se me ocurren un montón de cosas que podría haberle dicho, pero ya es tarde. Me sentía avergonzada y maltratada, y ella no callaba por mucho que tratase de interrumpirla.

—No hace falta que te justifiques. No eres la única. Seguramente, ahora mismo, mientras tú y yo charlamos, se estará tirando a otra. No lo oculta precisamente.

Esa resignación ha sido como una patada en la espinilla, me ha hecho reaccionar. Le he preguntado por qué lo aguanta y su respuesta me ha vuelto a dejar muda. Han pasado tantos años que no esperaba que algo así me afectase. Mientras me explicaba que se lo merece por ser una mala esposa y una mala mujer, tenía mil cosas que decirle sobre el degenerado de su marido, pero, tras la última frase de Bela, solo he podido mirar cómo se iba.

—Ahora, después de tantos años, lo primero que pienso cuando te veo es en lo guapa que estás. Alberto tiene razón, nunca llegué a curarme.

La forma casual en que lo ha dicho, a modo de despedida, no ha logrado ocultar su amargura. ¿Cómo puede autocastigarse de esa manera? ¿Qué significa para mí lo que ha dicho?