Día 19, mes 7, año 0

No había vuelto al comedor de Parias desde el incidente con aquel hombre de traje. Lo he echado algo de menos y me es imposible negar que hace una buena labor por la gente. Al mismo tiempo, me planteo si debería dejarlo para siempre. Depende de cómo vaya la próxima semana haré una cosa u otra.

Hoy he ido porque Marga volvía de vacaciones y pensaba que, si alguien iba a contratar, se haría cargo ella. Pero no contaba con que volvería a aparecer aquel hombre. Parece que ha vuelto todos los días y todos ha preguntado por mí. No he tenido alternativa.

En cuanto hemos estado en la sala y le ha levantado el labio al primero de los voluntarios, me he girado para irme. Parece que eso era exactamente lo que quería.

—¿Sabes?, creo que eres extremadamente inocente y por eso te perdono lo del otro día. Pero te equivocas al considerar una cosa…

—¡¿Qué?!

—Vaya, veo todavía piensas que no tengo nada que perdonarte.

—¡Claro que no! ¿Qué te crees que son? No son animales, por mucho que vayan a limpiar tu casa…

—¿Limpiar mi casa? Claro…

—¡Qué más da para que vayas a contratarlos! No puedes tratarlos como si fuesen ganado.

—Piensas que son como nosotros, pero no lo son. Han perdido todas las oportunidades que este país les ha dado, se niegan a integrarse en sociedad y…

—¿Si se niegan a integrarse en la sociedad, por qué están aquí?

—Porque no tienen dignidad, porque han descubierto que rechazar a la sociedad tiene un precio y no están dispuestos a pagarlo. Todos cometemos errores, pero ¿quién comete tantos? Son una lacra para la gente honrada, incapaces de cumplir con el código moral e incapaces de respetarse a ellos mismos.

—¡Son personas, igual que usted y yo!

—No, guapa, ahí te equivocas, no son como tú y yo, y he venido a demostrártelo.

Se ha ido de la sala dejándome sola con las cinco personas, que han escuchado toda la discusión sin mover ni un músculo. Me hubiese gustado decirles algo, pedirles que se defendiesen, preguntarles si estaban dispuestos a aceptar ese trato… Antes de que me diese tiempo, ha vuelto a entrar con un amigo suyo del Partido, nada más y nada menos que Alberto Fuckingmaster.

—¿Ella es la muchacha inocente a la que debemos enseñar cómo funcionan las cosas?

—¿Qué sucede, Alberto?

—Nada, nada. Será un placer. Ya le di algunas lecciones en el instituto.

Mientras lo decía, se le iba ensanchando esa despreciable sonrisita de superioridad. Cuando se ha cansado de mirarme, se ha dirigido a los Parias. Dios los cría…

—Solo vamos a contratar a uno de vosotros. Escogeremos a otro para que ingrese en un centro de investigación. Los demás os quedáis en la calle. Si os interesa, volveréis la semana que viene. ¿Entendido?

Luego, Alberto se ha dirigido de nuevo a mí.

—Todos saben lo que pasa en los centros de investigación. ¿Crees que no volverán los cinco? ¿Crees que una persona como tú o como yo volvería?

No he querido preguntar lo que pasaba en los centros de investigación, pero, viniendo de Alberto, seguro que no puede ser bueno, y menos si lo usa como amenaza. Espero que no vuelvan. Me he sentido tan impotente mientras los Parias salían… Quería abofetearlos, que reaccionaran, que se defendiesen.

¿Qué puedo pedirles? Yo misma me he quedado allí plantada sin saber qué hacer, mientras Fuckingmaster y su amigo se reían de mí y comentaban la jugada. Me desprecio por no haber sido capaz de actuar, pero todavía tengo una semana. Una semana para convencerlos de que no vuelvan a presentarse voluntarios.