Día 19, mes 9, año 0

¿Qué hago? No puedo dejar que lo torturen como me torturaron a mí. Tan pronto como he visto la noticia, he sabido que el comandante del que hablan es Eduardo, seguro que es él. Alberto debe haber sugerido su detención porque se opuso a él, porque dejó que me fuera. ¿Qué puedo hacer?

Fue Eduardo el que puso fin a las torturas sin sentido, a las interminables horas de espera. Me soltó porque había sido amigo de mis padres. Se opuso a Alberto porque, según él, me lo debía. ¿Qué le debo yo ahora? ¿A quién se lo cuento? No estoy segura de que nadie vaya a creerme. Si digo la verdad, si me entrego, es posible que ni siquiera suelten a Eduardo. Conozco a Alberto, estaría encantado con dos presas en lugar de una. ¿De qué serviría entonces?

Confesar, tratar de devolver el favor a Eduardo me lleva de nuevo a la oscuridad. No recuerdo las torturas, pero si el dolor y sus aquerosas manos recorriendo mi cuerpo. Soy incapaz de olvidar la espera, desnuda en el suelo húmedo, hasta que Alberto volvía a buscarme. El remordimiento por la detención de Eduardo duele menos que la desesperación y el deseo constante de ver aquella puerta abrirse, aunque eso signficase más dolor. Sé lo que debería hacer, pero no quiero pagar el precio.

¿Le harán lo mismo a Eduardo que a mí? Es un comandante del Ejército, espero que no dejen que Alberto se cebe con él.

Lo siento.