Día 2, mes 1, año 0

El diario ha sido un bálsamo. No ha hecho que me sienta mejor, pero poner por escrito que quiero volver a su piso lo ha convertido en una especie de compromiso. No tengo ni idea de cómo voy a entrar al edificio sin una tarjeta de alguien que viva allí, pero resolverlo me mantendrá ocupada y eso es precisamente lo que necesito.

Gracias a escribir y a este nuevo objetivo he podido aguantar la jornada laboral. Llevaba tantos días mirando el reloj, deseando que llegase el minuto exacto de plegar, que mi reputación empezaba a resentirse. Cuando se acercaba la hora, era especialmente duro porque era una de sus discusiones favoritas: me decía que, a partir de las cinco de la tarde, le estaba regalando mi vida al jefe. Como si fuese algo ensayado, yo empezaba a quejarme de que, por culpa de esa actitud suya, nunca podíamos ir a sitios elegantes.

—Tampoco nos dejarían entrar sin nuestros maridos.

Siempre la misma frase y siempre conseguía arrancarme una sonrisa. La echo de menos. Hoy, cuando pensar en ella se hacía insoportable, me concentraba en volver a su casa. He fantaseado con recuperar aquellas lecciones que me daba mi padre de electrónica para hackear el lector de la entrada y, cuando me he querido dar cuenta, eran más de las cinco y seguía en mi sitio.

Si soy capaz de mantener la mente ocupada, podré salir adelante.