Día 20, mes 8, año 0

He perdido cuatro kilos en diez días. He estado haciendo horas extra y luego trataba de conseguir información. Apenas duermo dos o tres horas al día y no es una decisión que haya tomado: me despierta el asco. Hace días que me cuesta estar conmigo misma. ¿En qué mundo he vivido hasta ahora? ¿Cómo he podido estar tan ciega, no saber nada de las tarjetas doradas?

Tengo que poner remedio a esta situación o mi cuerpo no lo aguantará. Hoy me he obligado a quedarme en casa, a no ir al local y a escribir todo lo que pasó. Me cuesta dominar el desorden en mi cabeza. ¿Por qué nadie me contaba nada? ¿Me protegían o me tomaban por imbécil? Toda mi vida antes de la desaparición de Clara ha sido una gran mentira. Incluso después, mientras pensaba que jugaba en la orilla de un lodazal, me estaba hundiendo en un pantano.

Las tarjetas para personas dependientes o tarjetas doradas fueron la contribución de Paco cuando entró a trabajar en Ingenieros Maravillosos. Lo propuso para la gente que, como su madre, es dependiente o tiene problemas de salud. La tarjeta dorada permite que la reputación de una persona sea vinculada y controlada por su cuidador. De esta manera, alguien que no puede trabajar o cumplir con sus obligaciones sociales o de ciudadanía evita convertirse en un Paria. La tarjeta cuenta también con un servicio GPS que permite delimitar la zona en la que puede moverse el propietario. Así se evita que ningún enfermo pueda escaparse de casa o de los centros de internamiento. O, al menos, solo les permite escaparse a pie, haciendo más fácil para el responsable encontrar al enfermo.

Jamás había oído hablar de ellas hasta hace unos días, y desde entonces se han convertido en una obsesión. Descubrí que existían accidentalmente, porque Bela tiene una.

Íbamos a comprar los zapatos para la boda a una tienda que me había recomendado la hermana de Paco, así que cogimos el metro. Al intentar pasar por el torno, Bela no pudo. Su tarjeta de ciudadano pitó un par de veces y dio error. Los de seguridad se acercaron a nosotros y nos pidieron que les enseñásemos las TC para revisar que no hubiese problemas. La de Bela era dorada. Nunca antes había visto una tarjeta que no fuese blanca.

—Lo siento, no tiene permiso para bajar en esta estación, señorita. ¿Es usted su responsable?

Recuerdo que me quedé esperando que contestase el otro guardia, pero me estaba preguntando a mí. No entendía qué esperaba que respondiese y finalmente fue Bela la que habló. Dijo que era cosa de su marido. Llamó a Alberto y en cinco minutos ya estábamos fuera, camino de la tienda. Por mucho que intenté que me aclarase lo que había pasado, no le saqué nada.

Me pasé horas y horas en Internet sin encontrar una sola pista hasta que, probando con una tarjeta clonada, me di cuenta de algo asqueroso. Solo se puede encontrar información de las tarjetas para personas dependientes cuando la TC que usas es la de un hombre.

Tras tres días, me decidí a preguntarle a Paco, él tampoco quería contarme nada. Me enfadé muchísimo. Ahora creo que tal vez fui un poco dura, pero no estaba dispuesta a aceptar más evasivas. Nos gritamos mucho rato antes de que se decidiese a hablar. No me siento orgullosa de ello.

—Lo que me cuentas no cuadra con lo que he encontrado. Parece una buena idea.

—Yo también pensaba eso al principio, pero se pudrió.

—¿Cómo?

—Lo has visto con Bela, ella no está enferma.

—Lo sé, no tiene la tarjeta dorada por eso. ¿Por qué? ¿Cómo se torció?

—¿Por qué? ¡Control! Las tarjetas doradas te ofrecen control total sobre una persona. Hay hombres que se las regalan a sus mujeres el día de la boda y criados que, cuando entran al servicio de alguien, son obligados a cambiar sus tarjetas. Una tarjeta de dependencia significa poder.

—…

—¿Cómo? Mi padre las estrenó. Él nunca ha salido con otras mujeres, ha tenido esclavas…

La conversación me empujó a trabajar, si cabe, con más ahínco. También se lo debo a Paco. Entiendo cómo debe sentirse, la gran aportación de su vida a la sociedad ha sido la esclavitud. ¿Cómo no iba a renegar de intentar cambiar el mundo?

Después de aquello, necesitaba aferrarme a mi plan de tumbar el sistema, y eso he hecho, pero no he avanzado todo lo que me gustaría. Ayer, cuando salí del médico para que me tratase las llagas que me han salido en la boca, supuestamente por estrés, me di cuenta de que necesitaba echar el freno o terminaré cayendo redonda antes de haber podido hacer nada.