Día 23, mes 9, año 0

Alberto también estaba esperando a que Paco terminase el examen. La última vez que lo vi fue cuando Eduardo me soltó. No estaba preparada para encontrarlo.

—¿También vienes a buscar a Paco?

—…

—¿No contestarás? Creo que en la lengua no te hice nada.

—…

—Deberías haber aprendido al menos una cosa de los días que pasaste encerrada. ¿Sabes cuál es?

—…

—Puedo tenerte cuando y como quiera. Puedo hacer que me bailes el agua, el único motivo por el que no lo hago es porque quiero que seas tú la que vengas a mí.

—¿Y qué tiene que ver Eduardo con eso?

—Se metió con la persona equivocada. Debería haber sabido cuál era su lugar, y tú deberías ir aprendiendo cuál es el tuyo.

Paco salió contento de la prueba, tuve que hacer un gran esfuerzo por tragarme las lágrimas y las ganas de salir corriendo y sonreírle. Cuando me propuso ir a cenar, no supe negarme.

Cometí una estupidez. No sé por qué lo hice, nunca había pensado que pudiese aliviarme y, en ese momento, no se me ocurrió una manera mejor para poder seguir poniéndole buena cara a Paco. Me sentía rota por dentro, desesperada, impotente. Sé que no tiene justificación, pero fue solo una vez, y funcionó: conseguí olvidarme de ese cabrón. Aprovechando que Paco fue al baño, me hice un corte en el muslo. Jamás pensé que el dolor pudiese ser tan liberador.

No puedo volver a hacerlo.