Día 24, mes 6, año 0

No había pensado en Ur, ¡joder! Él tenía la respuesta. Él me contó que aquel día la policía usó munición real, fue quien me enseñó la herida de bala. Estaba delante de mis narices. ¿Por qué no le había preguntado antes?

Me he presentado muy nerviosa en el bar diciéndole que teníamos que hablar. Cuando le he mencionado la manifestación en la plaza de la Restauración, me ha recordado que ya habíamos hablado del tema, pero eso no me bastaba. Quería saber qué pasó, si realmente la policía respondió a un atentado.

—¿En qué te iba a ayudar saberlo?

Y tiene razón, no me ayuda en nada. Vuelvo a sentir que me falta el aire y ese miedo que sentía antes de irme de vacaciones. En el bar solo pensaba en volver a luchar cada batalla, en saber, en quitarme de la cabeza las pesadillas sobre Clara, Javier y, últimamente, sobre Bela. No recuerdo exactamente qué le he contado a Ur, pero ha cerrado el bar y me ha invitado a cenar a su casa. Acabo de volver.

—Tú eras una niña cuando pasó todo, y yo era bastante joven, pero, aun así, era político.

—Sí, ya me lo contaste, me ayudaste con los avales.

—No me refiero a eso, era político por aquel entonces. Antes de la manifestación, había varios partidos políticos. Yo estaba en las juventudes de uno de ellos. Se llamaba PDP, Partido del Pueblo. El Partido, el que tenemos ahora, era solo uno de los varios que existían. Fueron ellos los primeros en hablar de reputación.

—Pero ya existía el sistema cuando las manifestaciones, ¿no?

—Sí, aunque era bastante distinto del actual. Recuerdo que, al principio, me gustó la idea. ¿Cómo no iba a gustarme? Un país en el que se premiaría a los buenos ciudadanos para que viviesen mejor. El problema estaba en que no nos poníamos de acuerdo en qué era lo que significaba ser un buen ciudadano. Al final, se aprobó un decreto en el que se especificaba que sería la Cámara de Diputados la que decidiría las cualidades que se premiarían.

—¿Cámara de Diputados? ¿Qué es eso?

—Los diputados eran como los electos de ahora. Podríamos decir que eran los representantes de cada comisión.

Reconozco que empezaba a estar algo dispersa. Muchas de las cosas que contaba Ur las desconocía, pero no veía cómo lo que me contaba llevaba a la manifestación por la que le había preguntado. Me contó que, con el paso de los meses, el Partido cambió el sistema de reputación. Pasó de premiar a los buenos ciudadanos a penalizar a los malos.

—Puede parecer un tema de nomenclatura, pero lo cambió todo. Aquellos que no cumplían el código moral del Gobierno, empezaron a ver reducidos sus privilegios. Junto con el nuevo sistema de penalización, se puso en marcha una fuerte campaña contra los extranjeros. Empezaron a cambiar muchas cosas, pero el Partido solo contaba con el cuarenta y ocho por ciento de la Cámara y necesitaba, por lo menos, un cincuenta y uno para poder aprobar todas sus reformas. Fue entonces cuando se convocó la manifestación.

—Pero fue por los extranjeros, ¿no? ¿Querían cerrar las fronteras?

—Sí, el Gobierno defendía que «Somos una potencia autosuficiente. No debemos tolerar que gente de fuera venga a robarnos el trabajo, las mujeres y los recursos». Nunca compartí esos argumentos. Ni yo ni la mayoría de mis compañeros.

—¿Por qué no hicisteis nada entonces?

No pudieron. El Partido les desautorizó y distribuyó rumores y noticias falsas. Tenían también en su contra la reputación, cada noticia falsa, cada rumor les hacía más difícil defenderse. Algunos políticos perdieron tanta reputación que se vieron obligados a abandonar no solo sus formaciones si no también sus trabajos. Con los partidos de la oposición diezmados se aprobó la ley para echar a los extranjeros.

Era tarde y se me estaba haciendo dificilísimo seguirlo. Ur ni siquiera me miraba a los ojos al hablar, no creo que le haya resultado fácil. No recuerda con exactitud cómo se sucedieron los hechos durante la manifestación, pero asegura que fue El Partido quien inició los disturbios. Se acusó a uno de los partidos de la oposición de los incidentes y se prohibieron temporalmente todas las formaciones políticas.

—Para mí está claro que usaron la manifestación para consolidar su poder. Después, Milo inició la persecución de los terroristas. Todos los que no estaban a favor de su política de fronteras desaparecieron.

—¿Milo Esteban? ¿El secretario del ministro?

—Sí, nunca ha sido un simple secretario. Cuando terminó todo, podría haberse convertido en presidente. La gente lo aclamaba, pero no quiso tener el protagonismo. Él escogió el puesto donde está ahora, persiguió en persona a los disidentes. Viendo cómo se estaban poniendo las cosas, yo decidí cambiarme el nombre y aprovechar mis contactos.

Después de la cena, quien matase a mis padres es lo menos importante. Si algún día marcó en qué nos hemos convertido, parece que fue precisamente el día de aquella manifestación. La imagen que tengo hoy de este país me parece espeluznante, pero no puedo dejar de creerla. No después de todo lo que he vivido en los últimos meses. No después de haber conocido a Alberto. Si, en algún momento, he dudado si debía actuar, hablar con Ur me lo ha dejado claro.

P.S.: No le he preguntado su otro nombre. Lo conocí como Ur y le cogí cariño como tal.