Día 26, mes 7, año 0

Alberto ya estaba en la puerta. No sé si ha previsto que yo llegaría antes o si simplemente quería tener más tiempo para recrearse en lo que estaba a punto de hacer. Lo veo perfectamente capaz de algo así.

—Hola, <Mi nombre aquí>, ¿qué tal va?

—Bien. Tengo que trabajar, Alberto.

—Todavía no, llegas temprano. ¿Sabes que Bela se ha apuntado a tu mismo gimnasio?

—No, no lo sabía. Supongo que así nos llevaremos mejor.

—Sí, yo también lo pienso. Seguro que veros desnudas ayudará. ¿Crees que te llevarías mejor conmigo si me vieses desnudo?

Esta vez ni siquiera me ha pillado por sorpresa. Empiezo a esperarme esas burradas de Alberto. No significa que no me afecten, pero hoy no he tardado tanto en reaccionar. He aprovechado que Eli llegaba en ese momento y me he metido con ella al comedor.

Justo acababa de encontrar a uno de los voluntarios cuando han entrado Fuckingmaster y David Darksoul, que así se llama el hombre del traje. Todos los Parias, los cinco, han vuelto a esa sala.

—Bueno, parece que teníamos razón, preciosa.

Ya estaba descolocada por el mal rato antes de entrar y la selección me ha dejado todavía peor. Los dos machitos se lo han pasado en grande examinando a cada uno de los Parias y diciendo que tal vez deberían llevarse solo al del centro de investigación. He querido irme de esa sala muchas veces, pero, cada vez que miraba la puerta, me encontraba los ojos de Alberto. No me he atrevido y me maldigo por ello. Hace unos días me enfadaba con Paco por pensar así, pero en esa sala no podía dejar de repetirme: «No puedes hacer nada».

Lo peor ha sido cuando se han ido. Andrés, uno de los tres que no se han llevado, se ha acercado a mí.

—Tranquila, usted no tiene ninguna culpa.

—¿Qué…? Claro que la tengo. ¿Sabes lo que…, lo que os hacen en… esos sitios?

—A veces es peor ir a las casas, señorita. A los trasplantes se puede sobrevivir, pero algunos ricos organizan peleas y no siempre se conforman con cuatro golpes.

Tiene guasa recordar el momento. Yo, con mi trabajo y mi reputación, llorando en un banco mientras un hombre que lo ha perdido todo y vive de la caridad me consolaba diciendo que tampoco les había ido tan mal a los dos seleccionados. No soy capaz de explicar la vergüenza que todavía siento.