Día 28, mes 1, año 0

Por suerte, todavía no soy tan vieja como para arrastrar la resaca más de dos días y hoy me pesa más la promesa de escribirlo todo que las cervicales o el dolor de cabeza. Aquella fue, de lejos, la peor experiencia de mi vida y no me he atrevido a contarla antes, mitad por vergüenza, mitad por no volver a revivirla. La cena destapó algunas cosas que no recordaba, momentos que creo que mi mente borró para protegerme.

Voy a intentar ponerlo por orden. Será más fácil si empiezo por la cena.

Este año era en un restaurante de $ciudad al que no había ido antes, seguramente por lo elegante que es. Todo el local estaba decorado en tonos grises y blancos, con la poca decoración encajando perfectamente en la estética del bar. Incluso el crucifijo parecía haber sido escogido voluntariamente por los dueños como parte de la decoración. El lugar fue, sin duda, lo más agradable de la cena. Con la mayoría de mis compañeros no crucé más que algunos monosílabos, muchos ni siquiera demostraron un falso interés.

Antes de sentarnos a la mesa, ya me sentía incómoda. Habría huido si no llega a aparecer Bela, estaba tan guapa como siempre. Me pareció un poco más triste, pero quizás me dejé llevar por la impresión de descubrir que se había casado con Alberto. Fue la primera chica que me gustó, la primera a la que besé, mi primera y penúltima novia.

Ella fue el primer gran tortazo de la noche. De ninguno esperaba más que un hola y que se abstuviesen de meterse conmigo. De Bela, en cambio, me hubiese gustado, por lo menos, un interés sincero.

—¡Bela…!

—¿Qué haces aquí? ¿Por qué has venido?

Me quedé tan descolocada que no soy capaz de recordar nada entre ese momento y el siguiente, en el que estaba cara a cara con Alberto Fuckingmaster a punto de sentarme en la mesa. Todavía me duele el desprecio que había en la voz de Bela. ¿Cómo es posible que me haya guardado rencor durante todos estos años? Ni siquiera sé qué le hice en el instituto para que decidiese alejarse de mí. Desde ese saludo, todo empezó a ir hacia abajo, y no tardó mucho en llegar al infierno.

—Los años te han tratado muy bien. Me alegro de que estés aquí. Cuando escogí el restaurante, me preocupó que no tuvieses la suficiente reputación para venir. Estuve a punto de cambiar la reserva cuando confirmaste tu asistencia.

Alberto Fuckingmaster demostró con esa pulla que nadie había madurado, ni él ni todos los que le rieron la gracia. Tendría que haberme ido, pero soy estúpida, tanto que pensé que, si me iba en aquel momento, ellos habrían ganado. ¿Qué habrían ganado? ¿No se rieron igualmente de mí durante la cena?

El único consuelo que tuve durante todo el rato que aguanté allí fue Paco Nerd, un compañero que hizo lo posible por distraerme mientras Alberto insistía en meterse conmigo con algún ayudante ocasional. El que estuviese soltera, como había esperado, se convirtió en tema de conversación y Alberto incluso insinuó que, si no hubiese sido tan rara, ahora podríamos estar casados como lo estaban él y Bela.

Perdí los nervios, me levanté de la silla y creo que le dije algo a ella, pero ya había bebido mucho. Después intenté hacer una salida digna que, me temo, fue todo lo contrario.

—Que conste que, si te vas, es porque quieres, aquí te lo podrías pasar bien. Quizás podríamos encontrarte un marido esta noche.

Alberto me dio una palmada en el culo mientras lo decía. Creo que eso fue lo que más tarde me haría recordar los momentos que mi cabeza había borrado. Fui directamente al bar de Ur porque el paseo nocturno me estaba despejando y necesitaba que algunas imágenes que venían a mi mente volviesen a enturbiarse. Resultó ser una pésima idea, me pasó factura todo el fin de semana.

 En el último año de instituto, Bela y yo empezamos a salir. Ya salíamos mucho juntas, pero aquel año dejamos de ser solo amigas. No sé cómo se enteró Alberto, porque ni siquiera era nuestro amigo, pero se enteró. Se había convertido en uno de los chicos más populares no sé ni cómo, ya que, al principio, se metían bastante con él.

Un día, cuando salía del baño, él trataba de entrar y chocamos. No era algo raro, los baños del instituto eran mixtos, de esos con varios cubículos. Lo que todavía no soy capaz de entender es que no entrase nadie más aquel día.

No me dejó salir, me empujó hacia dentro. Los primeros minutos los recuerdo muy claramente.

«Ya que el estado se encarga de una puta extranjera como tú, al menos deberías tener la decencia de no corromper a las otras chicas del instituto».

Esas fueron sus palabras exactas. Todo lo demás lo recuerdo como flashes, y algunos los recuerdo solo desde la cena.

Mientras se bajaba los pantalones, me decía que me curaría, que me enseñaría a ser una mujer de verdad.

Me empujaba contra la pared y trataba de desnudarme. Este es nuevo, solo lo recuerdo desde la cena.

Me daba bofetadas y me pegaba en el estómago y los brazos. Todavía llevaba puesta la ropa.

Caía al suelo mientras me repetía que me iba a convertir en una auténtica mujer.

 No tengo ningún recuerdo más. Fui capaz de superar aquello porque siempre pensé que solo me había pegado. Ya no lo tengo claro, mi mente podría estar tratando de protegerme de algo mucho peor.

Al llegar a casa la gobernanta me azotó. Mientras lo hacía repetía algo muy similar a lo que me había gritado Alberto:

«El Gobierno no desperdicia el dinero contigo para que te juntes con delincuentes».

Me sentía vulnerable y aquella bruja hizo que no confiase en nadie durante mucho mucho tiempo. Estuve dos semanas sin ir al instituto, y, al volver, ninguno de mis compañeros me hablaba, tampoco Bela.

Los nuevos recuerdos hacen que me pregunte si la paliza de la gobernanta fue lo peor que pasó aquel día. Necesito saber la verdad, rellenar los espacios en blanco. Quiero estar segura.