Día 28, mes 6, año 0

Ya sé a qué se dedica Alberto, o, al menos, creo saberlo, porque todavía no sé qué es La Unidad. La manera de descubrirlo no ha sido nada agradable, como tampoco lo son los encuentros con él.

En general, ha sido un día de mierda. En el trabajo, Mario se ha encargado de que toda la oficina se enterase de la cancelación de la boda. Sus cotilleos me han supuesto toda una mañana escuchando mensajes de ánimo y otro discursito de Jorge sobre lo importante que es que regularicemos nuestra situación.

Cuando por fin he conseguido escaparme de ese infierno, me he encontrado con que Alberto me esperaba en el comedor de Parias para discutir los pormenores de la anulación. No tiene suficiente con joderme, tiene que venir a buscarme para reírse en mi cara.

—Podríamos hacer una cena de parejitas. Está feo que quedes tanto con Bela y yo apenas conozca a Paco. Además, podríamos aconsejaros sobre la boda, para evitar nuevas cancelaciones, ¿sabes?

Estoy cansada de su actitud, de que me persiga y me acose. Estoy desesperada, no sé cómo quitármelo de encima. Hoy he estado a punto de hacer una estupidez, casi le pego. Suerte que Marga estaba ahí para intervenir. Si llego a ponerle una mano encima, no quiero saber en qué infierno hubiese convertido mi vida.

—Me la llevo para dentro, Alberto, hay gente esperando.

—Claro, claro. <Mi nombre aquí>, llámame, no se le dice que no a un miembro de La Unidad.

Esa despedida aclaraba, de una vez por todas, a qué se dedica ese cerdo. No he podido centrarme en toda la tarde. En el comedor, he roto un par de platos. De hecho, todavía estoy nerviosa. No puedo consentir que me altere de esta manera.