Día 28, mes 8, año 0

¡Me ha perdonado! Tenía muchísimo miedo de meter la pata de nuevo y no saber expresar todo lo que quería decirle, pero la cosa fue bien. Lo llevé a merendar y no recuerdo cuántas veces llegué a disculparme. Al final, conseguí arrancarle una pequeña sonrisa.

Me alegro tanto… Lo último que quiero es hacerle daño. Lo peor es que, pese a ir por el piso como un alma en pena, sin quedarse en ninguna habitación en la que estuviese yo y sin siquiera dirigirme la palabra, seguía preparándome la comida. Que, a pesar de todo, siguiese cocinando para mí me hacía sentir enormemente miserable. No merezco a alguien como él.

Me alegro de que hayamos podido arreglarlo.