Día 8, mes 1, año 0

Todavía me tiemblan las manos. No sé muy bien por qué he cogido las cosas que me he llevado ni por qué he estado tan poco tiempo en la casa, todo ha pasado muy rápido. Ahora, por fin, empiezo a ubicarme y a saber dónde estoy.

He arreglado el aparato esta misma mañana antes de ir a trabajar, así que no tenía ningún plan más que ir allí y abrir con la tarjeta del viejo. Soy una inconsciente. Las cosas han salido bien de puro milagro.

No he tenido problemas para entrar en el edificio, pero no se me había ocurrido pensar que, una vez dentro, tendría que abrir la puerta del piso de alguna manera. Mi tarjeta estaba registrada en el lector, así que he grabado mis datos sobre los del viejo allí mismo, en la escalera. Lo he hecho porque no quería huir una segunda vez. No quiero ni pensar qué habría pasado si me hubiese visto alguien

El olor del piso era ofensivo. Me encantaba ir allí porque olía a ella, pero ese olor ha desaparecido. Es como si el apartamento la hubiese olvidado. La cama sigue llenando la habitación con su colcha azul, los muebles siguen siendo los mismos que pintó ella a mano y la caja con sus cosas seguía estando en su sitio debajo de la cama, pero ya no es su piso. Hoy he descubierto que los olores también duelen.

No quería quedarme mucho rato y he ido directa a por la caja con sus recuerdos. Lo primero que he visto ha sido una foto de las dos. La tengo al lado mientras escribo junto con lo que más me ha llamado la atención: el libro Un mundo feliz.

Es un libro en papel, en auténtico papel, como el que me dieron mis padres de pequeña. Le estoy dando vueltas desde que lo he encontrado, ¿por qué Clara no me dijo que tenía una reliquia así en casa? Nunca me ha gustado leer, pero habría sabido apreciarlo.