Día 8, mes 8, año 0

Siempre es difícil hablar de mis padres, pero, cuando he empezado, no he podido parar. Había bajado al bar y Ur me ha preguntado si de verdad había hecho yo La Cripta. Al principio, la pregunta me ha escocido un poco porque hace ya muchísimo tiempo que le di el papel con la URL y es como si no le hubiese hecho caso hasta ahora. Luego me he dado cuenta de que no tengo ningún derecho a sentirme así. Ur es un amigo y siempre está ahí cuando lo necesito. ¿Qué podría reprocharle?

—¿Dónde…?, ¿dónde has aprendido…?

Esa ha sido la llave maestra. He empezado contándole que fue mi padre quien me enseñó electrónica y a programar de niña y luego no he podido parar, se han desatado los recuerdos.

Todavía puedo ver aquellas tardes en que mi madre se iba a comprar y nos quedábamos los dos solos. Mi padre me hizo jurar que no le diría a nadie lo que me enseñaba. Ni siquiera a mamá. Es posible que, después de tanto tiempo, los haya idealizado, pero el recuerdo que tengo de ellos es el de un cariño infinito y el de un vacío ardiente el día que los perdí. No he podido conservar nada de ellos. Solo conseguí llevarme un libro, y me lo arrebataron unas semanas después cuando la gobernanta se dio cuenta de que no era un libro infantil, sino el diario y los apuntes de mi padre. El berrinche que cogí cuando me lo quitaron hizo que me ganara mi primera azotaina. Mientras le contaba todo esto y otras cosas que no he podido callar, se me saltaban las lágrimas. Ur me ha dejado hablar y me ha abrazado cuando no he podido decir nada más, ¿cómo podría enfadarme con él?

—Nadie debe saber esto que me has contado. Tampoco que tienes conocimientos de informática, o te meterás en líos.

Una advertencia inútil, no hay nadie a quien pueda contárselo más que a Paco, y hacerlo me supondría una buena discusión.