Día 9, mes 3, año 0

Al salir de casa Paco me estaba esperando en la puerta, por si me hacían falta más motivos para no confiar en él. Está empezando a darme miedo. ¿Cómo sabe dónde vivo? ¿Sería capaz de presentarse también en el trabajo?

—¿Qué haces aquí?

—Entiendo que te asustase mi propuesta, pero tienes que hablar conmigo antes de decidir lo que hacer.

—¿Y venir a mi casa te parece la mejor idea?

—…

—Me voy, Paco, llego tarde.

—Vendré cada día si hace falta. Tienes que escucharme.

He terminado por aceptar una cita mañana. Me asusta un poco tenerlo cada día en la puerta de casa y, si las cosas van muy mal, creo que podría con él, no está muy en forma.

Después de eso, he estado muy dispersa con Javier. Era incapaz de prestarle atención mientras andábamos por el paseo.

—¿Te apetece tomar algo?

—No, prefiero andar.

—¿Has oído lo de la pareja detenida?

—No, ¿qué ha pasado?

Me ha contado algo de una pareja traficaba con tarjetas de ciudadano. No sé si me tomaba el pelo para ver si le estaba haciendo caso o si me estaba hablando en serio. Al final, ha dejado de lado cualquier intento de simular que no pasaba nada y me ha preguntado.

No he querido contarle lo de Paco porque podría molestarle y ni siquiera sé cómo he llegado a meterme en esta situación. Javier me cae bien, pero los dos sabemos por qué empezamos a quedar. Si hubiese otro hombre —que lo hay— todo el teatrillo perdería fuerza. Aunque lo más posible es que todas las culpas recayesen en mí.