Día 9, mes 4, año 0

Paco dice que me ve nerviosa y errática. Sé a qué se refiere, mirarme al espejo me devuelve la imagen de una persona enferma. Tengo ojeras y apenas me quedan uñas en los dedos. Podría mentirle y decirle que estoy bien, que es estrés, pero temo que, si hablo con él, me derrumbaré.

¿Cómo reaccionaría Paco? ¿Lo aceptaría sin más, igual que sucedió con la detención de Paqui y las pruebas falsas, o se compadecería de mí? No necesito ninguno de los dos sentimientos.

He bajado sola al bar, pese a su insistencia en acompañarme. No quiero seguir escondiéndome en el dolor y alguien debía contarle a Ur lo sucedido. Ha sido una visita triste. Al terminar la historia, Ur ha echado a la gente y ha bajado la persiana. No sabía muy bien si me hacía partícipe de su dolor y he dudado si irme, pero me ha alargado un botellín.

—Ese tal Alberto debía ser de La Unidad.

—¿La Unidad?

—No es el primero al que intento ayudar, ¿sabes?

—¿Ha habido otros?

—Sí, ya habrás visto que en este bar no hay crucifijo. Su moral no es la mía. Su justicia, tampoco.

Hemos brindado a la salud de Javier y hemos bebido sin decir palabra. Cuando he terminado mi cerveza, lo he dejado solo. No he tenido ánimos de romper el silencio. ¿Qué podría haberle dicho cuando mi propio mundo se desmorona?

Lo único a lo que puedo agarrarme es a La Cripta, y la tengo medio abandonada. Es necesaria. La gente debe poder expresarse cuando pasa algo así.